30 diciembre 2016

Diez años después de un mes de diciembre

Recupero el mes de diciembre de hace diez años para mirar hacia delante con el agradable sonido de las músicas y las canciones incluidas en diferentes discos que recogía Cara Tula en primer aniversario, tiempo de consolidación de mi tarea cotidiana de escribidor. Si en lo laboral hubo decepciones y rupturas definitivas con el mundo de la comunicación convencional, en lo personal: la seguridad de escribir realmente de lo que me gustaba. Y en esa tarea sigo, bueno quizá tengo un poco olvidado este blog. Pero, todo indica que vuelvo como decía Johnny Winter: Still alive and well.

Década atrás, más o menos, comentaba varios discos. El primero correspondía a la cantante estadounidense Joan Baez, quien lo dedicaba al entonces su marido bajo el título David’ s Album (1969). Si no era mi preferida entre las voces femeninas, hay que reconocer que en plena trayectoria antisistema, Joan se atrevió a grabar un larga duración en la capital del country, es decir en Nashville, y salir airosa del reto, incluso ofrece una pieza de su autoría: The tramp on the street. 

De Mercedes Sosa, puedo decir lo mismo que de la anterior. No era de las más recurridas a la hora de escuchar la amplia oferta de cantautoras de América del Sur. No obstante, un encuentro personal con la argentina hizo que mis recelos saltasen por los aires, y años después reconociese su ejemplar labor artística de la que recogía Cantante Sudamericana, una excelente, colorista y vasta geografía recorrida diferentes ritmos y cantos que dan personalidad al continente que vio nacer a la tucumana.

Sobre James Brown es difícil decir algo más de lo escrito, pero allá por 1986 se atrevió a sacar un álbum para reivindicarse como padre de la música negroamericana que sonaba en las calles y se hacía con la juventud de las ciudades sin necesidad de grandes desembolsos o sofisticadas puestas en escena. A pesar de la fuerza, el crepuscular disco del gran cantante de soul no entra en el catálogo de grabaciones más reconocidas de Brown.

The Doors, otros que tal bailan, un grupo fundamental en la evolución del rock de la segunda mitad de los sesenta. Sus dos primeros álbumes salieron en España en un doble Lp titulado Primeras Grabaciones. Un poco tarde llegaron, aunque siempre había la posibilidad de hacerse con ellos en los viajes al exterior, lo cual merecía la pena porque The Doors y Strange Days rezuman por todos los cortes la esencia de la banda californiana liderada por Jim Morrison, cuya alma de poeta se aprecia en un importante número de canciones contenida en las primeras grabaciones, que siguen siendo las mejores creaciones de The Doors.

Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán presentaron a nivel discográfico con Señora azul (1974), un hito en el rock hispano. A pesar de que todos contaban con largo recorrido como miembros de diferentes conjuntos o como músicos de estudio, sacaron los mejor de sí mismos para entrar en el estudio de grabación con un montón de ideas que nunca superaron en otras grabaciones del acrónimo CRAG, cuyo primer LP  es uno de los mejores discos de música popular de todos los tiempos en el ámbito español. 

Por su parte, Gerry Rafferty, escocés de la cosecha de 1947, no se limitó a ser el cantante de una o dos canciones de éxito, pues desde sus comienzos, entre 1969 y 1970, demostró que era capaz de ofrecer la visión entre tierna y desengañada de la vida cotidiana, lo que se traduce en composiciones muy gratas al oído de la mayoría, llegando a conseguir por momentos una intimidad cercana a The Beatles, capaz de ablandar el corazón más duro. Eso se decía del doble recuperada por la impagable Guimbarda que puso en circulación sus primeros discos cuando Gerry había alcanzado la fama universal gracias a City to city (1978), en el que aparecía la grandiosa Baker Street, tiempo de vino y rosas que no se entiende sin la búsqueda de aquel joven escocés que vio en la música una forma de enfrentarse y explicar el mundo que le rodeaba.


La transición española trajo consigo el efecto madalena de Proust en lo referente a los discos, porque muchas fueron las reediciones que no tuvieron su oportunidad en el momento de su verdadera edición. De la series encargadas de sacar tajada al pastel recordatorio estaba Pioneros que, entre otros discos, puso en las manos y los oídos de los melómanos roqueros el recopilatorio What's shakin, un compendio de blues rock de los sesenta con nombres consolidados y algunas sorpresas para quienes sólo tuvieron ocasión de escuchar el repertorio a través de emisoras de radio o de los discos traídos del extranjero hasta bien entrada la década de 1970.

The Vibrators fueron de la primera hornada del punk británico, aquel movimiento en principio iconoclasta, divertido y rompedor que aceleró el rock and roll cuando era necesario. El primer disco del combo británico es un claro ejemplo de lo dicho anteriormente, un repertorio que aún a día de hoy hace que la gente salte cuando lo escucha, a la vez que grita: es mejor quemarse que apagarse.

Indigo girls con su segunda entrega dejaron claro que la música acústica tenía protagonismo entre rock de diversos pelajes y cambios acelerados e impuestos por la industria discográfica a finales de los ochenta. La grabación homónima del dúo femenino refrescó con su folk rock el territorio de habla inglesa y por ende de otros países europeos, gracias al buen gusto y a la elección de músicos que aportaron su grano de arena a una apuesta sencilla pero con fondo como para encandilar a un público heterogéneo y abierto a todo tipo de cambios.



El siguiente lote se compone por el primer y mejor disco de Triana que sirvió para afianzar al denominado rock andaluz, un marchamo que en el caso del trío afincado en Sevilla tenía sus bases en el flamenco y en el rock, sobre todo el llamado progresivo. El LP de presentación de Triana supo oxigenar el mestizaje de flamenco con otras músicas como nunca antes se había producido, lo cual convierte al disco en modelo a imitar aunque fuera por otros derroteros: pop, jazz, blues. En fin el principio de que gracias al jondo, el rock de Andalucía salió de Despeñaperros para adentrarse por Europa y luego saltar a otros continentes. 

El segundo LP de James Taylor colocó al cantautor estadounidense como referente del relevo generacional de aquellos artistas que nacieron al calor del Greenvich Village neoyorquino y la canción protesta de comienzos de los sesenta del siglo pasado. Con un aire más introspectivo en lo relativo al individuo, Taylor puso las costuras a la mejor canción intimista acorde con los problemas cotidianos.

El también cantautor estadounidense Dan Fogelberg se consolidó como uno de las refrescantes apuestas del nuevo country rock, gracias a Souvenirs, también con colaboradores de lujo y un variado repertorio de piezas en algunos casos inolvidables para los seguidores del desaparecido artista, quien como compositor supo tocar diferentes palos sin perder por ello credibilidad. Su segundo disco grande iba en una onda más sofisiticada y roquera que dejaba de lado el country de Nashville para acercarse a la soleada california con propuestas que sin olvidar los aires campestres, tienden a diversificar las letras de las canciones que siguen sin perder de vista los grandes espacios, las montañas y las águilas volando sobre el cielo.

La música gallega encontró en Brath al grupo que representaba la nueva línea de la fusión entre folk y rock progresivo que se producía en los primeros años de la década de 1980. 

Dos grandes del jondo, la vieja y la nueva escuela coincidieron en la grabación del disco Morente Sabicas, un doble ejemplar de 1990, es decir Nueva York y Granada, puntos de referencia de sus protagonistas, ambos maestros en sus respectivas labores a la guitarra y al cante, ambas también jondas, profundas e inspiradas por el duende que toca a los grandes. Sabicas, el eterno viajero asentado fuera de su país de origen. Morente, en el meollo del flamenco, quien supo canalizar, dar brillo y dar esplendor al legado de los mejores cantaores, de los que nunca se separó, incluso cuando lanzaba sus rompedores discos alejados de la ortodoxia de su género en determinados casos. 



La tercera parte de este recordatorio se compone de dos discos. El primero de ellos está protagonizada por la hija del hombre de negro, Rosanne Cash, quien con su sexto trabajo King's Records Shop (1987) facturó una inspirada y sentida colección de canciones de mestizaje entre country y otras músicas que suenan a lo largo y ancho de Estados Unidos. Excelente producción y músicos canalizaron en buena dirección las cualidades de la entonces curtida cantante, quien en ocasiones se agarra al rock eléctrico sin ningún tipo de complejo hasta el punto de resultar evocadora, cuando no se pone brava y lleva a su público por las veredas de esa mistura musical que hoy se llama americana.

El segundo disco Sad Wings of destiny (1976) el combo de Birmingham (UK) Judas Priest, 
causó honda repercusión en el territorio del heavy metal europeo, un tanto apagado por el nacimiento del punk rock. Voz agudísima a veces, riffs omnipresentes cuando se requerían y una potente sección rítmica marcaron la dirección hacia éxito que en años posteriores alcanzaría el combo británico, cuyas armas funcionaban igual en el cuerpo a cuerpo del directo como en las sesiones de estudio.



El recuerdo del 50 aniversario del asesinato del poeta y dramaturgo Federico García Lorca (1898-1936) posibilitó homenajes por doquier, entre los que apareció un disco de varios artistas. Los presentes en la grabación sintieron la influencia del granadino en algún momento de su vida, casos del recientemente fallecido Leonard Cohen, el cantautor catalán Lluís Llach, el italiano Angelo Branduardi, el cantante, compositor y productor asturiano Víctor Manuel. Asimismo rindieron sentido homenaje músicos, cantantes y compositores de diverso pelaje musical, casos de David Broza, Paco de Lucía, Pepe de Lucía, Raimundo Farner, Chico Buarque, George Moustaki, Mikis Theodorakis, Donovan, Manfred Maurenbrecher y Patxi Andión.


Detroit se convirtió en centro de promoción de variadas músicas relacionadas con el rock y el soul. Los sonidos de la urbe del motor influyen década tras década en grupos y solistas de diferentes generaciones, en parte por su consabido rock duro, agresivo e indómito. En los ochenta del siglo XX, The Romantics se mantuvo a flote por diferentes aguas musicales, para en 1981 amarrarse al pop ajustado a un público joven y divertido. Eso pasaba al aparecer el tercer álbum del cuarteto que desarrollaba un pop- rock asequible, con cierta dureza, pero también de melodías bien planteadas, en las que las omnipresentes guitarras eléctricas marcaban dureza, pero sin caer en las redes del heavy en boga aquellos años. Strictly personal representa el punto de reunión de músicas relacionadas con la nueva ola, punk, soul y pop de los sesenta, bien conducidas en melodías y riffs guitarreros. 

Cuando hice el comentario de este Live de Bob Marley & The Wailers, habían pasado cinco años de la muerte del que fue el más afamado representante del reggae jamaicano, y 15 años de la grabación del directo en Londres. Del estilo representativo de Marley es uno de los mejores directos que ponen sobre el escenario los mejores sonidos caribeños, gracias al gran Bob y a sus Wailers, tanto fue así, que ninguno de los contemporáneos de aquellos años de la segunda mitad de los 70 no dudaron en cogerles prestadas canciones al jamaicano, quien aglutinaba a su alrededor a músicos de diferentes épocas y estilos que con una familiaridad pasmosa que resultó como un balón de oxígeno para el rock en general.




The Beatles alcanzaron con Abbey Road (1969) el punto culminante previo a la esperada ruptura del fabuloso cuarteto de Liverpool. Con una portada icónica, la producción de George Martin y alguna colaboración más, The Beatles recalcaban una vez más que los cuatro cuando querían funcionaban como una máquina perfecta para facturar todo tipo de música, que alcanzan momentos sublimes, en el LP de la fotografía del paso de cebra, cuando suenan Come Togheter, Something, Here Come The Sun o Because.

John Cale, tras un largo periplo musical tanto a un lado como al otro del Atlántico, en 1973 ponía a la venta Paris 1919. La vanguardia musical y la militancia en la rompedora y mitificada banda neoyorquina The Velvet Underground dieron paso a un disco elegante en el que colaboraban igual un grupo estadounidense de boogie soul a una orquesta sinfónica. El resultado se concreta en evocadoras canciones de atmósferas envolventes que no descuidan el contenido literario de un Cale metido a dandy.



El siguiente lote que sirve cierra se abre con el considerado como uno de los mejores disco de todos los tiempos de España: Mediterráneo, de Joan Manuel Serrat. Grabado durante el año 1971 en Milán. Serrat se universaliza al captar la esencia de la vida, el amor, la muerte, el paisaje, la alegría, aquellas pequeñas cosas/que nos dejó un tiempo de rosas/en un rincón/en un papel/ o en un cajón, según una de las canciones. Mayoritariamente compuestas por el noi del poble sec, a excepción del poema del escritor, entonces en exilio, León Felipe, que lleva el título de Vencidos, Serrat se convierte en trovador inspirado y abierto a todo lo que le rodea y le mueve en la vida: la mujer amada, la soledad del pueblo en decadencia, la infancia, el desencuentro entre madre e hija, pero todo bajo los ruidos, los olores, los sabores de ese omnipresente Mediterráneo que une a los pueblos a la hora de cantarle.

De la Habana  llegó en 1975, Días y flores, el primer elepé oficial de Silvio Rodríguez, acompañado del Grupo de Experimentación Sonora del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica que hacen del disco un trabajo cercano a otras culturas sobre todo en lo musical, aunque en la parte literaria en los países de habla hispana tuvo una importante aceptación. Cuba aún era la resistencia frente al imperialismo, y los músicos también se sabían nutrir, además de su rico folklore, de otros géneros que nos les eran extraños como jazz, bossa, rock o canciòn de autor. Esto posibilitó que algunas de las canciones incluidas en Días y flores sigan figurando en el repertorio de bastantes cantautores a la hora de comparecer ante su público o a la hora de grabar.

Luis Eduardo Aute era conocido de sobra cuando en 1980 sacó Alma, en compañía del grupo Suburbano. Conocido por sus cuidadas letras, unas veces populares, otras crípticas, en el caso del citado disco el cantautor nacido en Filipinas abre el abanico de sus sentimientos para acercarlo a un público amplio en el que tienen cabida jóvenes y adultos, mujeres y hombres. Con el amor y sus recovecos, Aute dejó un álbum que marcó a una generación que salía desencantada de la transición y buscaba en nuevas opciones culturales la alegría no encontraba en tiempos de dictadura y previos a la democracia amenazada.

Gabinete Caligari repitió en 1986 la apuesta hacia formas castizas en su tercer disco Al calor del amor de un bar, es decir la reivindicación del barrio, de sus lugares, frente a tanta iconografía angloamericana, sobre todo en la música. Como muestra un botón: el título del disco y la primera y homónima canción del mismo. Y además el trío cantaba en castellano sin cortarse a la hora de acercar el mundo por el que se movían millares de personas en la capital, lo cual unido a la portada del Hortelano, estaba claro que modernidad rimaba también con castizo.  





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